jueves, 11 de marzo de 2010

blanco al negro, por el sepia y justo en los colores, se empieza a desteñir

Mientras corría dando la vuelta en la esquina de Tomas Moro con Francisco Bilbao, bajo esas luces que a esas horas me alumbraban solo a mi y al taxista ocasional, me insinuó derrepente un pensamiento, más que eso, en verdad, un viento, brisa que hizo entender que, en efecto, el mundo si había cambiado. Más allá de un tema estético, un par de cicatrices imborrables (solo amables, de amar), pelo más corto y ropa más cara en un cuerpo un poco mas viejo que en ese momento busco emparejar, ni siquiera limitándonos al diferente tamaño e importancia de las cosas que siendo las mismas de antes son tan distintas hoy, que después de todo, estoy en Chile estudiando comunicaciones en una universidad que la gente respeta (y que por tanto yo solía detestar), y que, sobre todo, me siento feliz con ello, es, un cambio, que sin prescindir de todo lo demás, esta mucho mas lejos de la superficie de lo que parece, es una vuelta completa en 180 grados, un empezar de nuevo que parece que no se quedo estancado en lo bonito del sonido, será por la hora, será porque ahora sí era la hora. Pero todo cambia, y como todo cambia, lo que era bonito es hoy feo, y mañana sera el sol y después el mar, después el beso y pronto un palabrear, y más y más. No me lo esperaba, y sería absurdo ahogar también el hecho de que sí me arde el tener que llevarme los sillones y mi lampara a otra parte, justo cuando ya era un nido. Pero qué va, en verdad me duele más cuanto nos duele cambiar y más aún el no hacerlo. Me niego a ver el montón tierra como un derrumbe, miren que allí y allí voy a poner las torres, y un poquito mas hacia acá va el puente y el bosque y lo bello de lo que esta a punto de suceder, mírenlo, hagámoslo.

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