Es en parte el letargo el culpable de todo esto, luego todo lo demás es el afán de ser natural (afán, afán, ese que muchas veces me ayuda a disfrazarme). ¿Pero dónde fue que nos quedamos? Vivía en el pequeño gran remolino (pequeño por fuera, gigantesco y devastador, increíblemente fabuloso por dentro) que se estaba llevando a pedazos las costras; otrora dejando espacio a las hojas en blanco con crayones al lado, todo listo para volver a dibujar. Vamos a redibujarnos, reinventarnos, pero hagámoslo con locura. ¿Porque sino, cómo?. Hay cosas aún flotando en el aire, fatídicas esperando su tiempo para bajar. Pero tranquilas ahí, ustedes, que ya les va a tocar. Todo a su tiempo. Voy paso a paso descubriendo el camino de vuelta y el otro que me va a dejar en mi nuevo hogar lejos de los recuerdos maltratados, abusados mejor, que quizá ahora traumados buscan golpear. No más. Esta belleza ya les ganó. No a las vidas pasadas, no, no, esta vida le ganó a las fotografías. Nervioso antes del concierto ahora en plena presentación me empiezo a sentir cómodo otra vez entre mis propias ropas, por otra parte mis manos vuelven a saber qué es crear. ¿Y qué es crear? Es, entre otras cosas, tú, tú y tú, las cuerdas viejas, acordes destronados (sí, ellos duelen, pero alejados están para hacerle reverencia a la pluma), una pluma levantada, el aprender a enamorarse (quince veces si es necesario), el aprender a aprender, enseñar a hacerlo, construir un mundo a partir de voces distintas y unas que otras pocas elocuentes, querer creer que qué importa si no, fabricar una casa, la mía, pero la de ellos también, ser partícipe de este hermoso monumento a nuestro modo de ser, y revolcarme en eso hasta empaparme y empezar a reirme junto a todos los demás, reir y reir, reirme hasta callar.