Son esos detalles que un día aparecen y ya. Te sorprenden.
Como que hoy olvidé el paraguas y me maldije, y después me encanté por lo despistado. Ser más natural. Vivir. Vivir, pero vivir acorde con lo que es vivo, ¿y qué es eso? Eso que late.
Shh. Quédate un segundo en silencio y ahí está. Detén un momento toda esa carrerilla, que el ruido de tanto engranaje moviéndose puede opacar las melodías más sutiles. Las que escapan a lo conocido, a lo rutinario. Las que, cuales hebras, se entrelazan entre los objetos como raíces, que son frágiles pero amoldables, imposibles de romper salvo si las dejamos secar. Las que están en la base del ovillo, los pilares de todo lo demás: del enredo en el que te transformas y del grácil abrigo que puede tejerte y con él arroparte. Detente, para un minuto a escuchar. Ahí están, esas hebras que sin articularse dicen mucho.
El parque bajo los faroles, en bufanda y chaqueta, a pasos ralentizados. Chocolate caliente, las notas, el canto, los cordones a medio abrochar, el diploma en la pared o el incierto de un jazz apasionado. ¿Qué es más real? ¿Eso que coloreamos con acuarela pensando que creábamos algo nuevo? ¿Nuevo? Pero si sólo seguíamos las lineas. El rojo aquí y un poco de amarillo allá, ponle la sonrisa y un nombre. Porque obvio, el rojo es tono atardecer y el amarillo es amarillo ocre, pero ninguno de los dos deja de ser lo mismo. ¿Nuevo? Qué importa si es nuevo. El desastre es nuestro, el cáos es original, es independiente -¡al carajo con lo nuevo!- lo que importa es lo auténtico. (Y aquí me empiezo a perder en palabreos) Claro que también pueden haber lineas. Habrán lineas. Pero que sean las menos, y así el blanco se las va a comer. El punto es leerlas al revés y al derecho, una y otra vez (porque una y otra vez son distintas) olvidarse y después mirarlas entremedio, lanzar las acuarelas al piso y pisotearlas, con agua en los zapatos y bailar . Bailar, bailar, bailar, y depronto ¿qué? Paf. Dibujaste el cielo.
Y ni te diste cuenta