Un turista en mi propia ciudad.
No recuerdo cómo fue que llegó a mi conocimiento, pero la noche anterior me vi enfrascado en un halo de contemplación ubicuo a mi parecer, observando fotografías de este barrio que hace tiempo que estaba ahí, pero que yo, por torpe y sucio, mundano en exceso y lleno de nudos flojos, no había visto. El barrio París Londres, en pleno centro de Santiago, a un costado de la iglesia de San Francisco, a pasos del Santa Lucia y al margen del cielo.
No conozco Europa, pero esto es lo más cerca que me he encontrado. Y es por las calles de adoquines y los faroles gemelos que alumbran edificios de otro planeta, pero es también el gozo por una estética que, si bien puede resultar confusa, aburrida o redundante para algunos, es alguna estética a fin de cuentas. ¡Cuánta belleza hace falta en los bloques y pastos grisáceos de los que nos rodeamos! Parecería que después del siglo XIX todos se olvidaron de la importancia del goce visual, el bálsamo que debe recubrir nuestras experiencias diarias, que hacen gala de nuestra inmensa condición de humanos, que menospreciamos con cada día que pasa un poco más.
Hoy fue un gran día. Hoy pasee y leí tranquilo, me senté a tomar un café y camine lento. Muy lento. Tan lento que acabé todo lo que se debía acabar, y me sobró para alardear.
No hay comentarios:
Publicar un comentario