martes, 5 de octubre de 2010

en tercera

Se me ocurrió que sería un buen ejercicio (tomé la idea prestada).
Me senté, como todos los días, vagando la vista de aqui para allá, pinceleando sin pintura sobre cada pixel brillante. Después me encontré con unas descripciones impresionantes, reflejantes de las mías propias en potencia, y las leí. Me ensalsaron tanto que pensé -se me ocurrió, como dije: robé-, una exelente idea. Crearía este personaje, le pondría nombre, un sombrero, una cabellera ad-hoc, le daría el caracter ideal de un soñador, la claridad idéntica del idealista, la coherencia y pies talla 45 propios del realista (de yapa sería atleta) y, por supuesto, las alas de una gaviota. Lo llamaría Salvador. Ignoraría los clichés, haría así, tal y como si fuese cierto, que nada antes fue creado, que soy yo, el novelista empedernido, creador de historias imposibles y perfectas, quien, dueño de toda originalidad, propietario de mis propias licencias para inventar retratos y caoses majestuosos, haría de todo lo escrito realidad, me comería mi propio pastel. Después, me encontraría conmigo mismo.
Me senté y me puse a escribir. Maquillé el espacio. Ordene los elementos. Contuve mis deseos de salir corriendo por la ventana (del noveno piso). Y empecé.

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