¿Sabes? Nunca me compro ropa. Casi nunca puedo hacerlo, y cuando digo nunca, me refiero a una vez al año, dos como mucho. Sin embargo ayer partí embobado sin pensármelo dos veces al mall a gastar plata que no tenía para tener algo bueno que ponerme hoy, quería impresionarte. Pasé horas deliberando sobre si sería una buena idea, pero finalmente tomé el teléfono con las manos empapadas en sudor y te llamé para preguntarte si te parecía venir a mi casa hoy. Ya teníamos planeado hacer algo juntos, pero faltaba decidir dónde. Pensé que quizás si te mostraba mi pieza, mis artefactos y dibujos, luciendo un atuendo fresco y con el mejor estilo, podría mostrarme con soltura, mis empapadas manos se secarían y me dejarían tomar el momento con firmeza, te hablaría de mi mundo y verías tan claramente como yo la manera en que éste encaja con el tuyo. Hoy yo iba a enamorarte. Iba a hacerte reir, te iba a intrigar, luego te besaría y haríamos el amor para luego caer desarmados en un sueño compartido y silencioso. Habitaría tu aroma durante la penumbra entera y despertaría en el cielo que estos imaginarios roces inciertos vienen prometiendo. Contaba las horas para verte de nuevo, una por una, sintiendo la dulzura del menguar de la espera.
Nos subimos (¿o ese también fui solo yo?) en un péndulo que en su vaivén acariciaba el gozo que tiene lo incierto, la infinidad de posibilidades, dentro de las cuales yo escogí mi favorita: ambos escondidos buscando a ciegas algo en el otro, extasiados por la fricción que la frenética carrera de los dos producía al avanzar en paralelo y en direcciones opuestas a la vez. La maleabilidad de las palabras nutrió mi anhelo hasta convertirlo en algo tan poderoso. Tan poderoso como frágil se volvió mi envoltorio.
Y así como apareciste te desvaneciste de pronto. Como si los extraños símbolos de una lengua secreta se realinearan para dar cuenta de algo completamente distinto, mostrando en letras evidentes lo que antes los mismos símbolos negaban con la voz de un canto de cuna. ¿Qué haces ahí con ese ramo tan grande de flores? Nada, son para tí. ¿Para mi? Si, para tí. ¿Te gustan? No los entiendo, ¿quién te dijo que podías regalarme flores? Pensé que habías sido tú.
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