sábado, 18 de abril de 2015

La creatividad y sus demonios

No logro descubrir el origen de esta nostalgia arraigada. Un indicio de tempestad que se cuela junto al frío. Me estremece. Oscurece el brillante sol, tanto que me hace escarbar las paredes en busca de alguna luz protectora, de algún camino hacia la plenitud extraviada tan de repente. Escarbo a través de acordes y palabras, a través de sonidos entrelazados, entre colores y sensaciones, entre formas de plasmar lo inmediato, de convertirlo en permanente. Esta nostalgia, mi más fiel enemiga, es también mi más arduo combustible, es el sustrato de mi existencia como individuo, como rol, como persona. Alguna vez un buen amigo me dijo que los artistas somos artistas porque nos encontramos irremediablemente incompletos, y es parte de nuestra más íntima naturaleza la búsqueda incansable de esa completud ausente, aunque sea de modo pasajero, en los artefactos a través de los cuales retratamos y proponemos una versión de nuestra realidad. Creo que está en lo cierto. Y creo, además, estar dispuesto a abrazar ese vacío inherente, si es que ese es el precio de poder explorar los horizontes infinitos que ofrece creatividad.

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