Enamorarse de alguien quizá tiene que ver con el sentir una curiosidad, pero de naturaleza extrema. Es encontrarse interesado por explorar y descubrir el mundo de otro, y querer que ese otro visite el mundo propio del mismo modo. Y eso que lo vuelve interesante será, tal vez, la intuición de la posibilidad de hallar un correlato propio en un espacio ajeno, la posibilidad de volverse patente, objetivo, real o trascendente. Porque algo vemos en el otro que tiene que ver con nosotros, algo que nos hace pensar que estamos siendo acompañados en nuestros modos, que nuestro yo tiene existencia en la realidad fuera de la realidad subjetiva; es decir, el yo cobra sentido pues se ancla en algo más allá de él, formando un segmento definido de carácter único e incuestionable. Debe ser como súbitamente llenarse de significado, volverse infinito o completo.
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Me interno cauteloso pero seguro, el bosque se abre a mi paso estrecho. Dibujo un sendero sutil que se escabulle libremente por el denso territorio, como abierto desde antaño por un experto viajero, un sabio que habitó estos mundos con anterioridad. Fluyo rítmicamente mientras una conversación se entrelaza y fractaliza, dando orígen a árboles completos de conocimiento repletos de conexiones. Admiro la belleza del paisaje, y paso el tiempo embobado por la brillantez que emana, embriagado me petrifico atónito mientras la estela que deja tu paso se disuelve delicadamente.