jueves, 3 de julio de 2014

cuento_1

A viene de las montañas y baja al pueblo Rojo. El pueblo Rojo es sólo una avenida bordeada con árboles de manzanas y casas rojas con puertas rojas de distintos tamaños. Los habitantes del pueblo Rojo suelen ser tímidos y escurridizos, pero en aquella particular tarde en que A decide bajar hasta allí, B y M pasean por la avenida, a pleno sol, envueltos en grandioso júbilo y alegría. “¡Hola!”, confiere A, haciendo un gesto caricaturesco al tiempo que inclina el tronco en diagonal con la palma en alto. Pero B y M parecen no captar su presencia, y entonan altivos el canto de su parlar. Vale decir que B es una chica con bastante gracia, y que vive en la última casa de la izquierda, la casa color escarlata con el gnomo de cerámica que observa desde el recibidor. M, por su parte, viene del pueblo Azul, es un ciudadano ilustre, y se encuentra de visita en el pueblo Rojo, viene porque desea ver a B. A, intrigando por la nula retroalimentación que obtienen sus señas, repite el paso, alternando esta vez la dirección de su inclinación y la palma que mantiene levantada. B y M cambian de pronto el ritmo de conversación, pero lo retoman inmediatamente, dibujando risotadas como serpentinas que luego cuelgan de los árboles. B le cuenta a M sobre una historia que leyó, acerca de un pueblo con dos colores en algún lugar perdido del océano. M escucha atento, y ríe con estrépito al término de cada frase, la historia le parece hilarante. B se regocija en su infinita grandilocuencia, y cuenta que en el pueblo con dos colores no hay ciudadanos ilustres, sólo ciudadanos ilustradores. M estalla en carcajadas, haciendo brotar lágrimas azules de sus azules ojos. A, comenzando a sospechar que no está siendo tomado en cuenta, recurre a tácticas más elaboradas, añadiendo un salto doble a la tercera vuelta de su ritual.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario