A viene de las
montañas y baja al pueblo Rojo. El pueblo Rojo es sólo una avenida bordeada con
árboles de manzanas y casas rojas con puertas rojas de distintos tamaños. Los
habitantes del pueblo Rojo suelen ser tímidos y escurridizos, pero en aquella
particular tarde en que A decide bajar hasta allí, B y M pasean por la avenida,
a pleno sol, envueltos en grandioso júbilo y alegría. “¡Hola!”, confiere A,
haciendo un gesto caricaturesco al tiempo que inclina el tronco en diagonal con
la palma en alto. Pero B y M parecen no captar su presencia, y entonan altivos
el canto de su parlar. Vale decir que B es una chica con bastante gracia, y que
vive en la última casa de la izquierda, la casa color escarlata con el gnomo de
cerámica que observa desde el recibidor. M, por su parte, viene del pueblo
Azul, es un ciudadano ilustre, y se encuentra de visita en el pueblo Rojo,
viene porque desea ver a B. A, intrigando por la nula retroalimentación que
obtienen sus señas, repite el paso, alternando esta vez la dirección de su
inclinación y la palma que mantiene levantada. B y M cambian de pronto el ritmo
de conversación, pero lo retoman inmediatamente, dibujando risotadas como
serpentinas que luego cuelgan de los árboles. B le cuenta a M sobre una historia
que leyó, acerca de un pueblo con dos colores en algún lugar perdido del océano.
M escucha atento, y ríe con estrépito al término de cada frase, la historia le
parece hilarante. B se regocija en su infinita grandilocuencia, y cuenta que en
el pueblo con dos colores no hay ciudadanos ilustres, sólo ciudadanos
ilustradores. M estalla en carcajadas, haciendo brotar lágrimas azules de sus
azules ojos. A, comenzando a sospechar que no está siendo tomado en cuenta,
recurre a tácticas más elaboradas, añadiendo un salto doble a la tercera vuelta
de su ritual.
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